Capítulo 10: Otro adelanto de “Transite un rincón insaciable”
No sé cuántos días habían pasado desde la última vez que Alivio y Timoto se reunieron en su resguardo como escritores. Hoy la noche estaba más fría que nunca. Parecía que el frio decembrino había llegado. Timoto se había vestido con su traje de montaña andina y cargaba una bolsa de color oscuro que lucía pesada. Sus hombros parecían agotados de sostenerla. Alivio lucía cansado, y se impresionó al ver cómo Timoto cargaba la bolsa.
—¿Qué llevas en la bolsa que parece un saco pesado —dijo Alivio —. Parece que llevaras el mundo allá adentro.
—En verdad lo que llevo son ideas, muchas ideas y una cantidad infinita de libros viejos — expresó Timoto —. Los quiero vender para poder comer.
—Eso parece irracional.
—¿Quieres decir vender los libros para poder comer o es sobre las ideas? —dijo Timoto, con una calma increíble, y al mismo tiempo dudando qué quería significar Alivio —. Pero lo importante es que me alegro mucho de que por fin nos encontramos de nuevo. Podemos charlar sobre lo que ha pasado, en nuestro rincón insaciable, en estos últimos diez años.
Timoto no se había reunido con Alivio en mucho tiempo porque había estado lejos…muy lejos, escondido de la fauna urbana, luchando por encontrar un mejor camino, huyendo para no ahogarse en las patrañas de su suelo, esquivando problemas, alimentado ideas, y comiendo poco para seguir delgado.
—. ¿Qué te parece la imparcialidad en estos días? —preguntó Timoto, al mismo tiempo que veía el polvo de la ventana que parecía estrujada por el paso de los años.
— ¿Quiéres decir la justicia? —respondió Alivio, tragando un poco del polvo sucio que entraba por la ventana del bar —. Te digo, Timoto, los dos principios básicos que constituyen la justicia son la garantía de las libertades básicas y las cosas compatibles con los derechos de los demás, y esos dos aspectos no se ha respetado ni un segundo en nuestro rincón insaciable.
Timoto estuvo muchos años en su terruño, por allá, por la tierra indígena: adorando el sol y la luna, disfrutando de las estrellas a cielo abierto, rechazando ver las lombrices, y buscando ver un jaguar aunque fuera a lo lejos. Sus compañeros indígenas se intrigaban por la cultura urbana, al contrario de Timoto que quería revivir ahora la época de su adolecencia, cuando sus actividades estaban relacionada con algún poder que no supo apreciar. En esa época veía a los sacerdotes indígenas cómo magos y curanderos. Al mismo tiempo, le gustaba aprender cómo las plantas naturales curaban todo y nada. Lo que sí no le había gustado nunca a Timoto era comer tabaco.
Recordaba que un día lejano y muy fresco, con un cielo limpio, como el de hoy cuando hablaba con Alivio, se encaminó hacia arriba de la montaña (de la Sierra) buscando la casa de la princesa que preparaba una salsa indígena con mezcla de cilantro verde, cebolla morada, tomates rojos, pimientos amarillos, menta verde claro y con un especial orégano muy opaco. La princesa los plantaba en la parte de atrás de su casa junto a una mata de limón. A llegar le dió a Timoto, sin dudar, un vaso de agua y un pedazo de caña de azúcar. Preparaba, a Timoto, para ofrecerle en un rato la salsa del pensamiento. La princesa estaba vestida con un traje largo estampado con flores moradas mostrando su jerarquía. Ella y Timoto tenían la misma edad, crecieron juntos muchos años cuando eran adolescentes; ella se había quedado en la Sierra, y Timoto se fue a la ciudad movible, a la ciudad confusa, y ahora continuaba conversando con Alivio.
Alivio había notado que Timoto estaba como perdido, sus ojos no parecían poner atención a nada, su mirada estaba alejada de todo y pensó, «debe estar recordándose de la princesa». No dijo nada por un buen rato y esperó hasta que Timoto dijera algo de nuevo, aunque fuera una nadería.
—Sabes Alivio, que la princesa me decía, que los que ustedes llaman en la ciudad clase media, aquí en la Sierra los visten con colores amarillos y a los que ustedes llaman pobres, los visten con trajes estampados con flores rojas, como lo tomates —dijo Timoto, y se rió con un dejo de ironía —. ¡Ya se!, crees que no soy imparcial y que estoy diciendo tonterías.
—¡Ah! Yo creía que era en la ciudad en el único sitio que se diferenciaba —le expreso Alivio, riendo a carcajadas.
Timoto se puso a pensar, «No es que no se diferencia, lo que sucede es que todo es como la salsa indígena donde se mezclan ingredientes de diferentes colores y al final lo queda es la salsa» y recordó: «que colocaban, la salsa, en una totuma». Y terminó disgregando: «La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento», y no sabía de quien era la cita, quizás era de la princesa andina.
Huevas de Lisa en Saint Tropez!!!!!! estilo cumanes margariteño!!!!!