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Diálogo imposible en un café de Madrid

Esta es una versión que me envió un viejo amigo, Santiago Montiel, para ser la primera publicación del año 2026.



Una conversación imaginaria entre tres escritores y un testigo: El café no tenía nombre, o al menos nadie lo pronunciaba. Desde la calle se veía el interior como un reflejo borroso: luces cálidas, mesas ocupadas por sombras, un murmullo continuo que no se distinguía en palabras. Llovía. No con violencia, sino con una constancia que parecía pensada para borrar los contornos.


Llegaron por separado. No se saludaron con entusiasmo. No era un reencuentro. Tampoco una cita. Más bien una coincidencia prolongada.


El primero en hablar fue el que parecía más incómodo con la idea de estar allí.


—Siempre he desconfiado de las conversaciones —dijo—. Especialmente de las que se anuncian como necesarias.


Los otros no respondieron de inmediato. Uno removía el café ya frío. El otro miraba hacia la ventana, como si el verdadero diálogo estuviera ocurriendo afuera.

Yo tomaba notas. No sabía bien por qué. Tal vez porque alguien tenía que hacerlo. Tal vez porque esa era mi única función: no intervenir, no corregir, no salvar nada.


—Las conversaciones —continuó el primero— son una forma educada de la derrota.


Uno entra con una idea y sale con una versión más aceptable de su silencio.

El segundo sonrió apenas.


—Eso depende —dijo— de si uno habla para convencer o para escucharse perder.


El tercero, que hasta entonces no había dicho palabra, levantó la vista.


—O para comprobar —añadió— que la escritura siempre llega tarde.


Esa frase produjo una pausa distinta. No incómoda, pero sí más densa. Como si todos reconocieran algo en ella, aunque ninguno quisiera apropiárselo.


—La escritura —dijo el primero— no llega tarde. Llega cuando ya no importa.


—Eso es otra forma de llegar tarde —respondió el segundo.


Pidieron más café. El camarero no parecía sorprendido por la escena. Tal vez había visto otras similares. O tal vez no veía nada en absoluto.


—Hablamos demasiado de la forma —dijo el tercero—. Como si fuera un problema técnico. Como si el lenguaje no estuviera ya herido cuando lo tocamos.


—¿Herido por qué? —preguntó el primero.


—Por la experiencia —respondió—. Por el exceso. Por lo que no pudo decirse a tiempo.


Yo anoté esa palabra: herido. No la subrayé. No quise darle privilegio.


—El problema —intervino el segundo— no es la herida, sino la ilusión de que puede cerrarse. La literatura está llena de suturas falsas.


—Y de cicatrices exhibidas como trofeos —añadió el primero.


El tercero negó con la cabeza.


—No. Está llena de intentos. Eso es todo. Intentos de decir algo sin traicionarlo del todo.


Afuera, un tranvía pasó sin ruido visible. Adentro, el reloj marcaba una hora improbable.


—¿Y el lector? —pregunté, sin darme cuenta de que estaba rompiendo mi papel.


Los tres me miraron, no con reproche, sino con una curiosidad breve, casi administrativa.


—El lector —dijo el segundo— es una hipótesis necesaria.

—O un malentendido persistente —corrigió el primero.

—O un testigo tardío —dijo el tercero, mirándome por primera vez de manera directa.


Bajé la mirada. Seguí escribiendo.


—Lo que me inquieta —continuó el tercero— es la facilidad con la que se confunde claridad con verdad. Como si escribir mejor fuera decir más.


—A veces escribir mejor es decir menos —respondió el segundo—. O decir lo mismo, pero sin adornos que tranquilicen.


—Eso es una estética —objetó el primero—. No una ética.


—Toda estética es una ética que aprendió a disfrazarse —replicó el segundo.


La lluvia golpeaba ahora con más fuerza el cristal. Por un momento, las siluetas reflejadas parecían multiplicarse. Cuatro figuras. O tal vez más.


—Hay algo que no estamos diciendo —dije, casi en un susurro.


—Siempre hay algo que no se dice —respondió el tercero—. La diferencia es si uno escribe para ocultarlo o para rodearlo.


—O para dejar constancia de que estuvo ahí —añadí.


No supe si eso era una concesión o una intromisión.

—¿Creen todavía —pregunté— que la literatura puede intervenir en algo?


El primero fue el más rápido en responder.


—Intervenir no. Atestiguar, tal vez.


—Yo diría acompañar —dijo el segundo—. No corregir el mundo, sino no abandonarlo del todo.


El tercero tardó más.


—Puede hacer algo más modesto —dijo al fin—: no mentirse.


Esa frase cerró algo. No la conversación, pero sí una capa de ella.

Pagaron sin discutir. Nadie propuso continuar en otro sitio. Afuera, Madrid seguía. Gente que pasaba sin saber que, por un instante, alguien había intentado decir algo con cuidado.


Yo me quedé un poco más. Revisé las notas. No había citas brillantes. No había conclusiones. Solo fragmentos de una conversación que nunca ocurrió del todo.

Antes de irme, miré de nuevo hacia el interior del café reflejado en el cristal. Las figuras ya no estaban. O tal vez nunca lo habían estado.

Doblé el cuaderno. Salí a la lluvia.

 

 
 
 

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