Onoto en la madrugada
- Luis José Mata

- hace 1 día
- 2 Min. de lectura
I. Otros bollos pelones
Ella sufría de una nostalgia alimenticia que no la dejaba dormir. Se despertaba a deshoras, como si alguien la llamara desde la cocina vacía. No era hambre. Era otra cosa: un recuerdo sin forma.
Una de esas noches, idéntica a tantas, abrió la gaveta del antiguo cuarto de la abuela. Buscaba algo —no sabía qué—, pero estaba segura de que debía estar allí, entre papeles amarillentos y recetas escritas con tinta desvaída.
Después de años de insomnio, encontró la pista: una hoja doblada cuatro veces, con una letra temblorosa que aún olía a onoto y a salsa recién hervida.
La receta era sencilla: preparar bollos pelones.
Entonces comprendió que no era el sueño lo que le faltaba, sino la abuela.
II. Los bollos pelones
Ella despertaba cada noche sin hambre.
Una madrugada abrió la gaveta del cuarto de la abuela y encontró una hoja manchada de onoto.
No leyó la receta.
A la mañana siguiente preparó bollos pelones de memoria.
La abuela también.
III. La receta intacta
Ella volvió a despertarse a las dos y diecisiete.
Encontró la receta manchada de onoto en la gaveta del cuarto de la abuela. La leyó completa. Recordó cada paso: amasar, rellenar, hervir, bañar con salsa.
Bajó a la cocina. Sacó la harina. La carne. El onoto.
Los dejó sobre la mesa.
No cocinó nada.
Entendió que no era el plato lo que la llamaba, sino el poder de hacerlo regresar.
Volvió a acostarse.
Desde entonces duerme despierta, pero guarda la receta doblada cuatro veces, como si fuera un talismán que no debe cumplirse.
IV. Relleno
Ella despertaba cada noche con la boca llena de un sabor que no sabía nombrar.
Encontró la receta manchada de onoto y decidió prepararla. Amasó con cuidado, formó las esferas perfectas y, cuando llegó el momento de rellenarlas, se detuvo.
No tenía carne.
Cerró los ojos y pensó en la voz de la abuela, en sus manos anaranjadas, en el vapor que empañaba las ventanas.
Con eso bastó.
Los bollos hervían en silencio.
Al abrir el primero, no había guiso dentro, sino una infancia compacta y tibia que no necesitaba salsa.
V. La noche naranja
Ella llevaba años despertando a la misma hora: las dos y diecisiete. Siempre con la sensación de que alguien removía algo en la cocina.
Una noche siguió el sonido hasta la gaveta del cuarto de la abuela. Allí encontró una receta manchada de onoto que todavía estaba tibia.
No se sorprendió.
Al día siguiente preparó bollos pelones. Mientras la masa hervía, la casa empezó a oler a infancia y las paredes recuperaron un color que habían perdido.
Desde entonces, a las dos y diecisiete, alguien sonríe en la cocina.
Ella duerme.





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