top of page

Lectora de lo posible

No encontré el cuaderno de inmediato. Estaba entre otros objetos que no parecían esperar nada: telas dobladas, una caja sin tapa, papeles sin nombre. No había una indicación clara de que aquello debiera ser leído. Lo tomé por error o por cansancio. A veces confundo ambas cosas.


No supe que era un diario hasta más tarde. Al principio pensé que se trataba de notas sueltas, restos de una escritura sin continuidad. No había fechas. Tampoco una firma. Solo una voz que no se presentaba.


Leí la primera página de pie. Luego me senté. Después volví a levantarme. El texto no pedía una postura fija. Tampoco pedía atención completa. Sin embargo, algo en esas líneas insistía. No en ser entendido, sino en ser acompañado. No leí el cuaderno de principio a fin. Lo abría al azar, como si temiera alterar algo si seguía un orden. Cada fragmento parecía suficiente por sí mismo, pero dejaba una resonancia que no se apagaba al cerrar las páginas.


Había una economía extraña en la escritura. Nada estaba de más, pero nada terminaba de decirse. Sentí que no estaba ante una confesión ni ante un relato de hechos, sino ante un gesto sostenido en el tiempo. Alguien había escrito para permanecer abierta, no para ser encontrada. No pensé en la autora como en una persona concreta. Pensé en ella como en una presencia. Como en alguien que había dejado una luz encendida sin saber quién pasaría frente a la ventana.


Me sorprendí respondiendo en silencio. No con palabras, sino con correcciones mentales, con pausas, con gestos mínimos. En algunos pasajes, sentí el impulso de subrayar una frase. En otros, quise borrar una palabra que no estaba escrita.


Comprendí entonces que la lectura no era pasiva. Que el cuaderno me estaba leyendo también. No como se observa a alguien, sino como se lee una frase mal construida que pide ser desplazada.

Había páginas que no estaban escritas para ser leídas como las otras. No contaban. Registraban.


No aparecían nombres completos. Tampoco fechas precisas. Solo funciones, actividades, y una misma palabra que se repetía con ligeras variaciones: servicio. En un punto, sin énfasis, apareció una forma más precisa: servicio de inteligencia. No se explicaba a quién servía. Solo que había actuado.


Algunas entradas se detenían bruscamente. No había cierre ni comentario posterior. Comprendí que ese silencio no era una omisión, sino una forma de registro. No sentí curiosidad. Sentí una alteración mínima, persistente. Como si el texto hubiera sido diseñado para no despertar empatía, sino vigilancia.


No se hablaba de asesinatos. Se indicaba, sin énfasis, que ciertas presencias dejaban de figurar después de cumplir una función. Pensé que aquello no era un archivo para conservar memoria, sino un sistema para administrarla. Un modo de dejar constancia sin asumir relato.


Cerré esas páginas con cuidado. No porque fueran frágiles, sino porque comprendí que ese tipo de escritura no necesita ser comprendida para operar. Cerré el cuaderno. Lo dejé a un lado. Pensé que no volvería a abrirlo. Esa misma noche, escribí por primera vez.


No escribí sobre el cuaderno. Escribí sobre otra cosa. O eso creí. Empecé a anotar escenas que no reconocía como propias: una mujer que se encontraba consigo misma en un pasillo que no llevaba a ningún sitio; un gesto repetido en distintos cuerpos; una sombra que se adelantaba a su origen.


No sabía de dónde venían esas imágenes. No las había buscado. Se presentaron como una respuesta tardía, como si el cuaderno hubiera dejado algo sin cerrar y la escritura fuera el único modo de no perderlo del todo. No firmé. No puse fecha. Escribí como si alguien fuera a leer; como si fuera un mensaje, aunque no supiera quién.


Volví al cuaderno al día siguiente. Esta vez lo leí con más cuidado. No para entenderlo mejor, sino para verificar algo que había comenzado a sospechar: que la voz que escribía allí no esperaba ser respondida, pero tampoco estaba sola. Encontré una frase que parecía escrita para mí, aunque no me nombrara. No la copio aquí. Prefiero dejarla donde está. Algunas palabras no soportan el traslado.


Cerré el cuaderno con la certeza de que ya no podía leerlo sin escribir después. La lectura había abierto una grieta que pedía continuidad. Comencé a escribir con regularidad. No a modo de diario, sino como una serie de aproximaciones. Cada texto era una variación mínima del anterior. Un encuentro imposible, siempre el mismo y siempre distinto. Una mujer que se encontraba con su otro yo en situaciones que no podían coexistir: dos tiempos superpuestos, dos decisiones que no se excluían.


No sabía si estaba inventando o traduciendo. Esa distinción perdió importancia pronto. Lo único claro era el ritmo: leer, tratar de entenderme, escribir, volver a leer. Como una respiración que no me pertenecía del todo. A veces pensaba en la autora del cuaderno. No como en alguien distante, sino como en alguien que escribía para que esto ocurriera. No para mí, sino para que alguien, en algún momento, continuara.


No mostré mis textos a nadie. Tampoco volví a esconder el cuaderno. Lo dejé donde estaba, como si ambos objetos —el cuaderno y mis páginas— necesitaran coexistir sin tocarse. Me di cuenta de que había empezado a escribir de otra manera. Menos segura. Más atenta a lo que se retiraba. Corregía poco. Dejaba frases incompletas. No por descuido, sino porque comprendí que completar era una forma de cerrar demasiado pronto.


El cuaderno no explicaba. Yo tampoco debía hacerlo. Hubo un momento —no puedo precisar cuándo— en que sentí que la correspondencia se había establecido. No como un intercambio de mensajes, sino como una relación de insistencias. El cuaderno insistía en no fijarse. Mis textos insistían en aparecer.


No sabía si aquello podía llamarse diálogo. Tal vez era algo más cercano a una interferencia. Dos escrituras que no se responden directamente, pero se modifican. Pensé en la posibilidad de dejar de escribir. Cerré el cuaderno. Pasaron varios días. No ocurrió nada extraordinario, salvo una incomodidad persistente, como si hubiera interrumpido una frase a la mitad. Volví a escribir.

No firmé nunca. No porque no supiera mi nombre, sino porque entendí que aquí no era necesario. Tampoco puse fechas. El tiempo del cuaderno no coincidía con el mío, y no quise forzar una alineación falsa.


A veces me pregunto si la autora del cuaderno sigue escribiendo en otro lugar, en otro tiempo. A veces pienso que no importa. La escritura no garantiza la presencia; solo la posibilidad de una lectura futura. Eso basta. Hoy volví a leer un fragmento del cuaderno y no sentí la misma urgencia de antes. No fue una pérdida. Fue un desplazamiento. Comprendí que la correspondencia no necesitaba intensificarse para existir. Podía sostenerse en una forma más leve.


He guardado mis textos junto al cuaderno. No como continuación, sino como eco. Si alguien los encuentra, no sabrá cuál fue primero. Tal vez eso sea lo más fiel.


No escribo esto para cerrar nada. Escribo para dejar constancia de una lectura que alteró la forma en que ahora escribo, y de una escritura que ya no sé si me pertenece del todo. Si es una carta, no necesita destinatario. Si es un error, es uno que acepto.

 

 
 
 

Comentarios


Formulario de suscripción

4806340412

©2020 por Ojalá leas Novelas. Creada con Wix.com

bottom of page