En un lugar del sur de Francia, muy cerca de Saint Tropez, escondido en un viejo armario se encontraba un libro original con cientos de recetas provenientes del antiguo restaurante de la señora Proust donde hace un tiempo se practicó el arte de cocinar. Un día cualquiera de verano, Odette y Jean-Luc se entusiasmaban con la idea de empezar a elaborar muchas comidas exquisitas, siguiendo a pie de la letra las muy antiguas recetas, en su bella casa de piedra, en la Rue Tasco. Con muchos días seguidos llenos de sol era una tarea fácil de realizar; el sol traía alegría al ambiente y permitía ir al mercado muy temprano por la mañana, para comprar los mejores ingredientes.
—¿Estás listo para ir al mercadillo de pescado de Saint Tropez? —dijo Odette.
—Sí, la bicicleta está hoy en perfectas condiciones —respondió Armand, con alegría —. Me imagino que debo conseguir legumbres y un buen pescado.
—Sí, como de costumbre —enfatizó Jean-Luc.
Armand apenas tenía catorce años y con sus muy atléticas piernas podía rodar los diez kilómetros entre Gassin y el mar, hasta el puerto de Saint Tropez en menos de una hora. Al regreso lo hacía casi en el mismo tiempo; a pesar de que tenía que subir 160 metros desde el nivel del mar hasta Gassin. No pensaba en otra cosa sino en rodar en su vieja bicicleta. Esa mañana arrancó más temprano que otros días. Quería detenerse a mitad de camino en la panadería de la señora Servant, y preguntar por el pastel más dulce del día. Un momento antes de salir, Odette le entregó un papel amarillo donde le había escrito con su bella letra las cosas adicionales que debía comprar para las dos comidas de ese día; y en voz alta le dijo:
— No se te olvide decirle a Gastón que quieres el pescado más fresco del día—. Tú sabes, el joven de pelo muy negro del mercadillo.
—Así lo haré —respondió Armand, saltó sobre el asiento de la bicicleta, e inmediatamente comenzó a pedalear.
Rodó casi sin parar hacia la panadería, pero unos instantes antes de llegar allí, movió su cabeza sin mucha precaución para leer un aviso que estaba del lado izquierdo de la carretera donde las letras más grandes anunciaban las ideas del partido conservador sobre la inmigración en Francia, en particular en el área de Saint Tropez. No logró leer el mensaje completo porque un conejo se le atravesó y al tratar de frenar la bicicleta se fue directo contra la rocas que sujetaba la madera desgastada que sostenía el aviso. La cabeza de Armand pegó contra la parte inferior de la roca rojiza y se desmayó de un tirón.
Lo llevaron inconsciente en una camilla estrecha al hospital local. Lo acompañó Marisol, una chica con unos ojos azules deslumbrantes y una delgadez hermosa. Ella había oído el terrible sonido desde la oficina de entrada del hotelito justo al lado de la panadería. Corrió hacia el lugar donde pensaba que había salido el desagradable aullido y fue allí donde vio a Armand tirado en el suelo con los brazos extendidos; parecía que no estaba respirando. Regresó a la oficina, temblaba sin parar, y angustiada y casi sin voz llamó al número de emergencia solicitando ayuda. Marisol había visto a Armand hace dos semanas en el mercadillo, cuando él se acercó a comprar las legumbres que le había anotado, esa vez Jean-Luc, en el papelito amarillo. Ella le había sonreído con cierta picardía y lo miró con coquetería, él no le prestó mucha atención a sus gestos; lo que le preocupaba era que le dieran lo mejor que había en el puesto de legumbres. Sin embargo, ella le dijo: «nos vemos la próxima semana».
Y así fue, aunque de la peor manera. Mientras lo acompañaba hacia el hospital veía que Armand no movía ni un dedo. «¿Estaría soñando o inconsciente? se preguntaba Marisol. Armand no sabía que estaba pasando, por su cabeza se cruzaban miles de cosas, pensaba: «estaré soñando». Todo era un ir y venir, y empezó a sentir escalofríos ¿será que estoy en el quirófano? ¿cómo me van a encontrar Odette y Jean-Luc? ¿quién me está acompañando o estoy solo? Odette y Jean-Luc recibieron la noticia de la caída de Armand después de un largo tiempo y tardaron muchas horas en llegar al hospital que quedaba en la vía hacia Saint Tropez; porque era verano y el tráfico era de espanto. Era por eso que Armand hacia los mandados en bicicleta.
Cuando Armand despertó vio que estaba en un cuarto blanco por todos los lados, como las flores de los árboles de azahar en Marruecos, en donde había estado hasta los cinco años de vida y de allí llegó en una barcaza a la península de Saint Tropez. Vivió otros cinco años en “La Madriguera” recogiendo las flores del jardín y acariciando al perro de la dueña de la casa. Un día decidió irse, estaba aburrido de oír las conversaciones contra los inmigrantes que cada día se daban en cada rincón de esa casa. Se sentó en la parte de afuera de la puerta de salida (la de los sirvientes) y allí mismo, ya que ese día estaba de muy buena suerte, lo encontró y lo recogió Jean-Luc y se lo llevó a Gassin.
La únicas cosas que no eran blancas en la habitación eran los ojos azules de Marisol que estaba sentada en una silla, en un rincón, cerca de la única ventana del cuarto. Ella había estado allí por los diez días que Armand estuvo sin despertar. En su mano tenia el papelito amarillo que Armand llevaba en su bolsillo el día del accidente. Cuando lo vio moverse y abrir los ojos, lo único que se le ocurrió decir con emoción, a Marisol, fue: «tenemos que ir a comprar las huevas de lisa y las groseilles al mercadillo», y lo dijo tal como lo había leído en el papelito».
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