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El poder y sus espejos

Sinopsis breve

El poder y sus espejos es una elegía sobre la política latinoamericana contemporánea, escrita con mirada literaria y voz reflexiva. Luis José Mata observa a los líderes del continente —Petro, Lula, Boric, Milei, Bukele, Sheinbaum, Lacalle Pou, Maduro y Ortega— como fragmentos de un mismo espejo: el del poder y su desgaste.

El texto recorre sus discursos, contradicciones y gestos, descubriendo que la democracia sobrevive no por virtud, sino por obstinación.

En su cierre, la figura de Trump aparece como eco y método: el relámpago que ilumina y oscurece a la vez.

El ensayo se convierte así en una meditación sobre el lenguaje, la fe y la manipulación, pero también sobre la esperanza de que la palabra aún pueda gobernar el mundo. Un retrato coral y poético de un continente que sigue soñando con la justicia incluso cuando aplaude al ruido.

I. El tablero y la herida  

 América Latina no se repite: se refleja. Cada presidente es un intento de corregir el reflejo anterior, pero el espejo está hecho de historia, y la historia nunca olvida. Por eso, cuando uno promete justicia, el otro ofrece orden; cuando uno invoca al pueblo, el siguiente convoca al miedo.

El poder aquí no se hereda, se imita. Y esa imitación —trágica o luminosa— es lo que aparece.Este es un continente de presidentes que hablan con palabras gastadas y pueblos que siguen escuchando por costumbre. De democracias que no mueren, pero envejecen sin descanso. De promesas que cambian de acento, pero no de argumento. Al norte resuena la voz del relámpago: Trump, el que hizo del ruido una ideología. Al sur, la respuesta fragmentada de quienes intentan traducir el poder sin perder el alma: Petro en su púlpito verde; Lula desde la nostalgia; Sheinbaum sosteniendo la frontera; Boric debatiendo con su propio desencanto; Milei incendiando los cimientos; Bukele transformando el control en estética; Lacalle Pou resistiendo en silencio; Maduro y Ortega eternizando el miedo.

Cada uno representa un modo distinto de creer —o de fingir creer— en la democracia. Y sin embargo, en todos palpita la misma pregunta: ¿puede aún la palabra gobernar el mundo?

Este libro no es una condena ni una crónica: es un retrato coral, una elegía del poder y de su espejismo. Un intento de comprender por qué seguimos soñando con la justicia, temiendo al caos y aplaudiendo al ruido. Un mapa de voces que, al final, se confunden con la nuestra.

 

 

II. Los que soñaron con la justicia (Petro, Lula, Boric)

Hubo un tiempo en que las palabras “igualdad” y “justicia” sonaban nuevas. Los tres —Petro, Lula, Boric— las pronunciaron quizás con fe, creyendo que bastaba reformular la historia para que el país se enderezara. Pero el tiempo, más que enemigo, fue espejo: les mostró que el poder es un arte de desgaste.

Gustavo Petro, el visionario, llegó con la promesa de reconciliar la tierra con la memoria. Su verbo era místico, casi profético: habló de transición ecológica, de fin de la violencia, de redención. Pero la política colombiana no se deja purificar tan fácilmente; la vieja sombra del narcotráfico sigue gobernando desde los márgenes, disfrazada de progreso o de paz. Petro quiso convertir la democracia en un acto de conciencia, pero descubrió que el poder también tiene su instinto: devora incluso las mejores intenciones. Su visión persiste, sí, pero ya manchada por la sospecha y la soledad del que predica en medio del ruido.

Luiz Inácio Lula da Silva, el resurgente, encarna el mito del retorno, pero también el del desencanto. Su victoria fue el triunfo de la memoria sobre la infamia, y sin embargo, al volver, encontró un Brasil dividido hasta el cansancio. La democracia, para él, es un reencuentro con los suyos; pero los suyos ya no están donde los dejó. La corrupción, ese río subterráneo, ha contaminado incluso las aguas de la nostalgia. Lula habla con ternura, pero detrás de cada palabra late la fatiga de quien ha tenido que negociar la pureza para mantener el orden.

Gabriel Boric, el reformista, quiso reinventar la política con la voz de una generación nueva. Traía libros en lugar de dogmas, convicciones en lugar de consignas. Su sueño fue darle rostro humano a la democracia chilena, pero la realidad lo despertó sin delicadeza: el miedo sigue votando, las élites siguen dictando. Boric es el espejo de una época que quiso sanar con palabras, pero solo encontró más ruido. A veces parece un sobreviviente de su propia fe: alguien que todavía cree, pero ya sin la inocencia del primer día.

Los tres hablaron de justicia y nombraron a los pobres, a los invisibles, a los olvidados. Pero la justicia —esa diosa sin templo en América Latina— los observa desde lejos, con una paciencia que roza la ironía. Ellos soñaron con redimir el continente, y el continente los despertó con su verdad: la democracia también puede mentir con dulzura.

III. Los que abrazan la furia (Milei y Bukele)

Hay presidentes que no gobiernan un país, sino una emoción. En ellos la política no es lenguaje, sino descarga. Hablan con la voz del hartazgo colectivo, esa música que vibra cuando la esperanza se pudre. En un continente acostumbrado al desengaño, su aparición fue recibida como un relámpago: algo que ilumina y quema al mismo tiempo.

Javier Milei, el radical, es el hijo más visible de esa tormenta. No promete justicia, promete demolición. Su verbo no redime: dinamita. Es el profeta de un nuevo credo que se confunde con la ira. Su democracia es la del coliseo: los aplausos sustituyen al debate, la confrontación se vuelve espectáculo, la emoción reemplaza a la razón. Milei ha hecho de la economía una religión y de sí mismo su sumo sacerdote. Sus seguidores lo veneran porque grita lo que otros callan, aunque lo que grita sea apenas una negación. Hay algo trágico y seductor en su figura: parece el último actor de una obra que el público ya no quiere entender, solo sentir. Y sin embargo, bajo su melena y sus metáforas eléctricas, late una antigua pregunta latinoamericana: ¿acaso destruir el Estado es la nueva forma de salvarlo?

Nayib Bukele, el redentor digital, ha comprendido mejor que nadie el poder del algoritmo. Gobierna con la lógica de las pantallas: cercanía sin contacto, transparencia sin rendición de cuentas, omnipresencia sin diálogo. Ha convertido la seguridad en un ritual de orden que fascina a sus ciudadanos tanto como asusta a sus críticos. Bukele no pide fe, la impone con resultados. Su democracia es el espejo invertido de las anteriores: más eficaz que justa, más visible que libre. Cada preso que muestra en cadena nacional refuerza su relato de salvación; cada aplauso en las redes es un voto renovado. Es, en cierto modo, el primer presidente latinoamericano que ha logrado traducir el populismo al idioma del siglo XXI: menos ideología, más interfaz.

Milei y Bukele son los herederos de una era cansada de promesas: administran el rencor, dirigen la furia, canalizan el desdén. Sus países los aman porque los temen, y los temen porque los reconocen: son hijos de la frustración. Para ellos la democracia no es un templo ni un contrato, sino un ring. Y en ese ring, cada golpe parece una forma de verdad. El continente los observa con una mezcla de fascinación y recelo. Ellos no sueñan con justicia ni con igualdad: sueñan con victoria. Han comprendido que en el siglo de la fatiga política, gobernar no es convencer, sino provocar. Y que en tiempos de gritos, la calma —esa vieja virtud republicana— ya no tiene micrófono.

IV. Los que resisten el olvido (Sheinbaum y Lacalle Pou)

No todos los presidentes buscan incendiar la historia. Algunos prefieren mantener encendida una lámpara. En tiempos de ruido, su poder es la discreción: la habilidad de sostener la calma cuando el resto del continente arde.

Claudia Sheinbaum, la continuadora, gobierna bajo la sombra y el resplandor de quien la precedió. Su mandato comenzó con la herencia de un movimiento que prometió ser la voz del pueblo, pero que terminó hablando el idioma del poder. En ella la democracia parece un laboratorio silencioso: prueba, ajusta, espera. Ha heredado un país donde las promesas de justicia social conviven con la violencia estructural, donde la retórica de la esperanza tropieza cada día con los muertos de la guerra contra el narcotráfico. Sheinbaum intenta convertir la eficiencia técnica en ética pública, pero el país no se deja medir con ecuaciones. Su serenidad —que para algunos es virtud, para otros debilidad— refleja el dilema de toda la región: cómo sostener la fe sin convertirla en dogma. La suya es una presidencia que resiste el estruendo, no lo produce. Y quizás por eso su figura despierta menos pasión que paciencia, ese otro nombre de la inteligencia política.

Luis Lacalle Pou, el pragmático, gobierna con un silencio que suena extraño en América Latina. En un continente de gestos y discursos, él ha elegido el tono bajo, la sobriedad como método. Uruguay no es una excepción: es un recordatorio. Su democracia funciona porque nadie intenta reinventarla; porque el poder no es un escenario sino un oficio. Lacalle Pou administra el país como quien cuida un jardín: poda excesos, mantiene el equilibrio, observa el clima. No hay grandes eslóganes ni redenciones, solo la persistencia de una decencia civil que otros países ya dieron por perdida. Su liderazgo podría parecer anodino, pero en el contexto actual es casi una forma de resistencia. La austeridad democrática también tiene su épica: la del que gobierna sin gritar.

Ambos —Sheinbaum y Lacalle Pou— representan una corriente subterránea del continente: la voluntad de no rendirse al espectáculo. Son los que creen que la democracia no siempre se defiende con fuego, sino con compostura. Mientras otros gobiernan para la cámara, ellos gobiernan para la duración. En Sheinbaum la memoria se mide por la continuidad; en Lacalle Pou, por la sobriedad. Ella encarna la esperanza que busca disciplina; él, la disciplina que aún guarda esperanza. Juntos trazan una línea de equilibrio en medio del caos: una forma de resistencia que no se anuncia, pero permanece. Porque hay una victoria callada en su manera de estar: la de quienes, sin prometer paraísos, mantienen encendida la lámpara del orden en un continente que siempre amenaza con apagarse.

V. Los que se aferran al poder (Maduro y Ortega)

Hay gobernantes que no entienden el poder como tránsito, sino como destino. No gobiernan: permanecen. Su tiempo no avanza; se coagula. En ellos la democracia es un recuerdo que aún finge respirar.

Nicolás Maduro, el autócrata, habita un país suspendido entre la ruina y la obstinación. Su discurso repite las palabras de una revolución que ya no existe, pero que sobrevive como un hábito del lenguaje. La retórica de la justicia social se ha vuelto una liturgia vacía: un eco sin creyentes. Maduro gobierna con el método del desgaste, no con el de la convicción; su poder se alimenta de la fatiga ajena. Ha aprendido que un pueblo exhausto no se rebela, solo sobrevive. El petróleo, la inflación, la diáspora: todo se confunde en una bruma donde el Estado se parece más a una frontera que a una casa. Cada elección es una coreografía; cada aplauso, una supervivencia. Su democracia no es un sistema, sino una costumbre: la costumbre de fingir que aún hay algo que elegir.

Daniel Ortega, el patriarca del desencanto, comparte ese arte de la permanencia. Su revolución, que una vez encendió esperanzas en Nicaragua, terminó convertida en un espejo de aquello que combatió. En su mirada ya no queda el fuego de la liberación, sino la ceniza del control. Gobierna con el peso de la memoria convertida en amenaza: quien recuerda, peligra. Ortega aprendió a usar la historia como escudo, la religión como coartada y la represión como método de orden. Su poder se parece a una reliquia guardada en una vitrina: intacto, pero muerto por dentro.

Maduro y Ortega representan la otra cara del continente: los que no confían en la democracia porque un día la conocieron demasiado. Saben que las urnas también pueden domesticar la rebelión, que el voto puede servir para legitimar la resignación. Por eso repiten el rito electoral con la solemnidad de un conjuro, no para renovar la fe, sino para conjurar el miedo. Sus países viven en una especie de eternidad invertida, donde todo cambia para que nada cambie. El poder ya no les pertenece: los habita. Y así, mientras el resto de América busca reinventar la democracia, ellos conservan su sombra como si fuera una bandera.

 

VI. Los que imitaron al relámpago (El eco de Trump)

En el principio fue la pantalla. Y sobre la pantalla, un hombre aprendió que la rabia podía convertirse en aplauso. Donald Trump no inventó la furia política, pero le dio imagen, ritmo y eslogan. En su estela se alzó una nueva forma de liderazgo: el relámpago, esa chispa que ilumina lo inmediato y deja la noche más oscura que antes. Su legado no fue ideológico, sino estético. El trumpismo no se exportó como doctrina, sino como gesto. Su verdadera enseñanza fue que el poder ya no necesita convencer, solo interrumpir. Que el ruido puede sustituir a la razón, y la emoción —esa electricidad social— puede manipularse mejor que las ideas.

En América Latina, muchos aprendieron el idioma del relámpago. Bukele lo tradujo al código digital: gobernar desde el tuit, ordenar desde la imagen, borrar la distancia entre líder y audiencia. Milei adoptó su energía performativa: la política como grito terapéutico, el Parlamento como escenario de catarsis. Incluso Maduro imitó su instinto de confrontación, esa habilidad de convertir la crisis en espectáculo.

Pero no todos lo siguieron: algunos decidieron enfrentarlo con la palabra. Gustavo Petro, desde la tribuna de Naciones Unidas, habló contra el 'imperio del miedo' y nombró al narcotráfico no como crimen sino como síntoma. Trump respondió desde la distancia con el silencio del poder seguro de sí mismo. Entre ambos se extiende la vieja frontera moral del continente: quien vende las armas y quien pone los muertos. Petro, el visionario fatigado, habló de árboles y océanos; Trump, del muro y la amenaza. La democracia —esa palabra que ambos reclaman— se volvió un campo semántico en disputa.

Claudia Sheinbaum, la continuadora, vive esa tensión en carne viva: la frontera norte como herida abierta. Cada flujo migratorio es una parábola de impotencia. Ella intenta sostener la compostura ante un vecino que mide la política en muros y tarifas. En sus gestos hay una firmeza contenida, un 'no' diplomático que suena más fuerte porque no grita. Su presidencia, entre la ciencia y la presión, encarna la lucha silenciosa por conservar la dignidad nacional sin romper la delicada arquitectura de la dependencia.

Lula da Silva, el resurgente, ensaya un equilibrio más viejo: el del zorro que conoce el terreno. Habla con cortesía al imperio, pero le advierte que Brasil no será su proveedor sumiso. Las tarifas, los acuerdos comerciales, los discursos de soberanía se cruzan con su sonrisa de acero. Lula entiende que discutir con Trump —o con su sombra— no es ideología, sino pedagogía: recordarle al mundo que América Latina existe.

Entre los que imitan al relámpago y los que lo enfrentan, el continente se divide en dos gestos: el del puño alzado y el de la voz que todavía explica. Trump sigue siendo el símbolo de una época que prefiere el ruido a la razón; Petro, Sheinbaum y Lula representan, en cierta forma, el esfuerzo de devolverle contenido al verbo gobernar. Pero muchos lo ponen en duda. Pero el relámpago tiene un límite: su propia fugacidad. El trueno que sigue —ese largo eco que se escucha después de la tormenta— es la verdadera herencia.

Hoy, las democracias del continente tiemblan entre dos luces: la de los que aún creen en el diálogo y la de los que solo confían en el impacto.Trump, sin proponérselo, parió una generación de políticos eléctricos: instantáneos, polarizadores, adictos a su propio reflejo. Son los hijos de la tormenta, los que entendieron que en la era de la distracción, todo poder que no se ve deja de existir.

Pero toda tormenta pasará. Y cuando pase esta —cuando el relámpago deje de fascinar—, tal vez la democracia vuelva a su forma más antigua y más frágil: la conversación.

 

1 de Noviembre del 2025


Proxima semana sigue "El concierto del poder" Con un epigrafe de Octavio Paz "El poder es un espejo que deforma"

 
 
 

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