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El laberinto de los anillos —IV—

Proust se levantó temprano, buscó una de sus recetas preferidas, esas que preparaba en Combray, un sitio a unos trescientos kilómetros al este de Paris. Siempre le había gustado sentarse a la mesa rodeado de amigos y así esperaba hacerlo hoy en la noche con sus invitados.


Se fue al hexágono y les preguntó: ¿Cuál es la cita preferida de cada uno de ustedes? Era un intento por apaciguar las discusiones acaloradas del día anterior. El primero en decir algo fue Gabriel García Márquez.


—Mi cita preferida fue la que coloqué en Memorias de mis putas tristes:


No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida —o durmiente — ni intentar nada parecido.


Continuó hablando Gabriel.


«Por cierto, no es una cita mía, es prestada de la novela, La casa de las bellas durmientes, del amigo Yasunari Kawabata, aquí presente».


—Escribistes en esa novela —la de las putas tristes— que el apodado Mustio Collado, el hijo de Florida de Dios, había tenido una relación extraña con una joven llamada Damiana, que era casi una niña, aindiada, fuerte y montaraz, de palabras breves y terminantes, que se movía descalza para no disturbar al profesor Collado cuando él escribía —dijo Toni, e interrogó a García Márquez, «¿Es cierto?».


—¡Sí!, lo recuerdo claramente —contestó él.


—También narrrates que Collado estaba leyendo una novela —no recuerdo cual— en la hamaca del corredor, y vio por casualidad a Damiana inclinada en el lavadero con una falda tan corta que dejaba al descubierto sus corvas suculentas ¿es cierto? —preguntó Toni.


Ella no esperó la respuesta y continuó diciendo:


—Collado quedó preso de una fiebre irresistible y le levantó la falda a Damiana y le bajó las bragas hasta las rodillas y la embistió —sí, la embistió— y ¿qué dijo Damiana? «¡Ay!, no señor, con un quejido lúgubre…».


—Lo siento Toni, si lo escribí así y recuerdo que dije algo en esa novela, como: «el culto obsceno a Shirley Temple fue la gota que desbordó el vaso» —. La verdad es que no sé porqué escribí todas esas idioteces.


—¿Qué diferencia hay entre la violencia racista contra una niña aindiada y la de Pecola —la niña negra que adoraba a Shirley Temple— en mi novela Ojos azules? — dijo Toni, con un dejo de ironía —. Quizás en la novela de Kabawata también hay algo de lo mismo con relación al anciano Eguchi, con una niña asiática.


—Permítanme interrumpir —dijo Kawabata, con cierta sutileza y continuó —: Mi novela, La casa de las bellas durmientes, comienza con la visita del viejo Eguchi a una casa secreta gobernada por una mujer ordinaria y práctica. En ese burdel, Eguchi, de sesenta y siete años, pasa varias noches junto a los cuerpos de jóvenes vírgenes narcotizadas.


—¿Qué dices? Hablas de la lujuria masculina de Eguchi con las jóvenes vírgenes narcotizadas ¿o es que es algo diferente? —cuestionó Toni —. Es que piensas, Kabawata, que son expresiones eróticas o espirituales japonesas.


Proust decidió descansar la discusión, para ver si se reposaban los ánimos; en el fondo sentía que Toni tenía razón en sus planteamientos.


Y expresó, con voz apagada:


—Yo mismo escribí sobre las conversaciones de mi tía con la criada Francoise, pensando que cuando mi tía hablaba, lo hacía influenciada por el comportamiento de la sociedad de su época —eso era un mini-racismo—, diría alguien ahora —expresó Marcel —. El tiempo cambia, ahora no lo escribiría con el mismo tono.


Proust, invitó a pasar a la mesa a sus invitados, incluyendo a Borges y a Camilo Cela que parecían estar como abstraídos de toda la conversación. Pongan atención les dijo a todos los presentes en el hexágono: «todo lo he preparado yo: el corte de las verduras, el fileteado del pescado, el tiempo en el sartén, el té y las magdalenas». Y cerró diciendo: «No hubo una Francoise que me ayudara hoy, como ella lo hacía con mi tía en Combray en Busca del tiempo perdido».

 
 
 

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