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LIBROS ABIERTOS

Aprendí a leer antes de saber para qué servía leer. No fue un descubrimiento triunfal, sino un acontecimiento silencioso: un día las palabras empezaron a ordenarse solas frente a mí y, en lugar de buscar historias, me detuve en la disposición misma de las frases, en la manera en que una línea parecía sostener a la siguiente. Me quedaba allí, habitando un párrafo que no comprendía del todo y que, precisamente por eso, no quería abandonar. Ya entonces, sin saberlo, practicaba una forma de permanencia que no necesitaba justificación ni compañía. No leía para saber qué ocurría después. Leía para quedarme. Mientras otros cerraban el libro al terminar la página, yo lo dejaba abierto, como si el texto continuara respirando por su cuenta. No me interesaba terminar; me atraía ese punto impreciso en el que una frase parecía sostener el mundo durante unos segundos más. En la casa había pocos libros y ninguno pensado para mí: manuales antiguos, novelas subrayadas por otras manos, diccionarios incompletos. Los recorría sin jerarquía, saltando de uno a otro, leyendo entradas sueltas, capítulos aislados, páginas que probablemente no volvería a encontrar. No sentía falta. La idea de totalidad aún no me parecía necesaria. A veces copiaba frases en hojas sueltas, no para recordarlas, sino para comprobar si conservaban su peso fuera del libro. Algunas se volvían livianas; otras resistían. Aprendí pronto que no todas las palabras sobreviven al desplazamiento, y esa diferencia mínima me importaba más que el significado aparente.Nunca hablé de esto con nadie. No por timidez, sino porque no encontraba el modo de explicar que un texto podía sostenerme durante horas sin avanzar. Con el tiempo comprendí que había libros que no toleraban ese trato: se cerraban, se volvían opacos. Otros, en cambio, aceptaban la interrupción como parte de su naturaleza. Volvía a ellos semanas después y encontraba algo que no estaba antes: no algo nuevo, sino algo desplazado. Durante años repetí ese gesto sin considerarlo una singularidad. Leía en los márgenes lo que se esperaba de mí. En la escuela recorría los textos asignados con precisión, pero siempre me detenía un poco antes del cierre. Había aprendido —sin formularlo— que ciertos pasajes se agotan si se los lleva hasta el final, mientras que otros piden ser abandonados a tiempo. Empecé a leer por capas: un libro abierto junto a otro, un cuaderno donde anotaba fragmentos que no dialogaban entre sí. Volvía a un mismo párrafo semanas después y lo encontraba distinto, no porque el texto hubiera cambiado, sino porque yo ya no estaba en el mismo lugar. Esa variación mínima me bastaba. No buscaba intensidad; buscaba duración. Este modo errante de habitar los textos encontró, años después, un eco poderoso en la propuesta de Julio Cortázar en Rayuela. Aquel “tablero de dirección” que invita al lector a saltar, retroceder, perderse y reencontrarse en el libro, rechazando la lectura lineal y pasiva, era precisamente lo que yo había practicado de forma intuitiva desde niña. Cortázar distinguía al lector “hembra” (el que busca cierre y consumo) del lector cómplice, capaz de co-crear el sentido en el desplazamiento y la permanencia. Mi lectura, como la rayuela cortazariana, se negaba a la clausura: dejaba los libros abiertos durante semanas, regresaba sin orden, aceptaba la interrupción como parte del sentido. Comprendí que entender no siempre ocurre al final. Más adelante reconocí también los límites. Hay libros tan perfectos, tan cerrados en su propia belleza, que dejan poco espacio al lector. Ya no podía habitarlos del todo. Y en esa imposibilidad descubrí lo que realmente defendía: la posibilidad de permanecer sin asfixiarme. Hoy veo aquel gesto antiguo —dejar la página abierta, volver sin prisa, no exigir clausura— como una forma de cuidado. No solo hacia los textos, sino hacia mí mismo. Hay lecturas que piden avance y otras que piden demora; hay libros que se cierran solos y otros que solo pueden permanecer abiertos. Elegí estos últimos sin convertir la elección en dogma. Porque leer, en el sentido más profundo, sigue siendo para mí una manera de quedarse un poco más sin ocupar todo el espacio, de sostener el sentido sin agotarlo. Respirar dentro de un libro, al fin y al cabo, no es escapar del mundo ni dominarlo, sino aceptar que algunas formas solo existen mientras no se las obliga a concluir.


El 94: Un relato antes del último, inevitable.

 

 
 
 

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