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Entre la llanura y la habitación

A comienzos del siglo XX, dos novelas escritas en geografías opuestas —Una habitación, propia de Virginia Woolf (1929) y Doña Bárbara de Rómulo Gallegos (1929)— imaginaron, desde ángulos distintos, el lugar de la mujer en el mundo.


I — La mujer que domina la tierra


El poder que no se escribe también deja huella.


Nadie recordaba con exactitud cuándo comenzó a decirse que aquella mujer no pertenecía a la llanura, sino que la llanura le pertenecía a ella.

Al principio fue una frase repetida en voz baja, como si nombrarla implicara aceptar algo que no debía ser cierto. Después se volvió costumbre. Más tarde, una certeza.


La tierra cambiaba cuando ella pasaba.


A veces, sin embargo, la llanura parecía anticiparse. Como si supiera antes que nadie por dónde iba a venir. Los pastos se inclinaban levemente en una dirección que aún no tenía nombre, y el viento —si lo había— llegaba unos segundos antes que ella.


No era un cambio visible —no se abrían grietas ni se levantaban tormentas—, pero los hombres lo sabían. Lo sentían en la forma en que los animales se inquietaban o en cómo el silencio demoraba unos segundos más de lo habitual.


Decían que mandaba. Decían que decidía.Decían que ningún hombre podía sostenerle la mirada sin perder algo.


Pero nadie decía de dónde venía ese poder.


Algunos lo atribuían a la astucia. Otros, a una forma de inteligencia que no necesitaba palabras. Otros, en voz más baja, hablaban de una violencia antigua, como si en ella se hubiera acumulado una parte que no había terminado de ocurrir.


Lo cierto es que su poder no tenía la forma de una ley.


No escribía. No legislaba. No organizaba el mundo. Lo imponía. Y, sin embargo, ese dominio no parecía pertenecerle del todo. Había en su manera de caminar una especie de tensión, como si cada decisión fuera una conquista momentánea y no una certeza duradera. Como si el poder, en lugar de ser un estado, fuera una tarea que debía repetirse cada día.


Una vez —nadie recordaba exactamente cuándo— un hombre intentó desafiarla.

No fue un gesto grandioso. No hubo gritos ni amenazas. Fue algo más simple: no obedeció.

La llanura entera pareció detenerse. Incluso los insectos suspendieron su ruido, como si alguien hubiera retirado, por un instante, el derecho a existir.


No ocurrió nada inmediato. Ningún castigo visible. Ninguna respuesta que pudiera narrarse con precisión. Pero, días después, aquel hombre dejó de estar.


No desapareció de golpe. Se fue borrando. Primero, su voz se volvió menos escuchada. Luego su nombre dejó de mencionarse. Finalmente, desapareció de la memoria de la tierra. Fue entonces cuando comenzaron a entender que el poder de aquella mujer no consistía solo en dominar, sino en decidir qué permanecía.


Eso la hacía más peligrosa que cualquier ley.


Porque una ley puede romperse. Pero el olvido no. Años después —muchos años después, cuando la llanura ya no era exactamente la misma— alguien intentó contar su historia. Lo hizo desde lejos.

No desde la tierra, sino desde la memoria.


Escribió sobre ella como si fuera una figura excepcional, casi mítica. Una mujer que había logrado lo que otras no: ocupar el centro de un mundo que no estaba hecho para ella. Pero algo en ese relato no terminaba de encajar. Porque al convertirla en excepción, se perdía lo más importante.

No era que aquella mujer hubiera vencido al orden de los hombres. Era que había aprendido a habitarlo sin someterse del todo.


Su poder no corregía el mundo. Lo torcía.


Y en ese gesto —apenas visible, apenas nombrado— había una forma de resistencia que no necesitaba proclamarse. Mucho tiempo después, en otro lugar, alguien escribiría sobre mujeres que no tenían tierras, ni ganado, ni hombres a quienes imponer silencio. Mujeres que no dominaban nada. Pero empezaban a entender algo distinto: que el poder no siempre se ejerce desde afuera.


A veces comienza como una pregunta.


Y que esa pregunta —si logra sostenerse— puede cambiar el mundo de una manera más profunda que cualquier dominio. Si alguien hubiera podido leer ambos relatos al mismo tiempo, tal vez habría creído que se contradecían. Una mujer que gobierna la tierra. Otras que no pueden siquiera escribir libremente. Pero no era una contradicción. Era una continuidad. Dos formas de la misma fractura. En un caso, el poder aparecía por exceso. En el otro, como ausencia. Y en ambos, algo que todavía no había encontrado su forma definitiva.


La mujer de la llanura no lo sabía. Pero su dominio no era un punto de llegada. Era una señal.

 

  

 

II — La mujer que reclama la palabra


Antes de tener voz, hubo que encontrar el silencio propio.

 

No recordaba el momento exacto en que comenzó a sospechar que algo le había sido negado.

No fue una escena precisa. Ni una prohibición directa. Ni siquiera una palabra. Fue más bien una acumulación de pequeñas ausencias.


Los libros estaban allí, sí. Las historias también. Los nombres, sobre todo los nombres, ocupaban las páginas con una seguridad que no necesitaba justificarse. Pero algo faltaba. Al principio pensó que era una cuestión de atención. Que no había leído lo suficiente. Que no había entendido del todo. Volvió a los textos con una paciencia casi disciplinada. Subrayó, anotó, repitió. Buscó en las márgenes alguna señal que indicara que el problema estaba en ella.


Pero el vacío persistía.


Entonces comenzó a hacer algo distinto. No buscó lo que estaba escrito. Buscó lo que no estaba.

Fue un gesto mínimo. Casi invisible. Pero una vez iniciado, ya no pudo detenerse. Empezó a notar que ciertos personajes siempre aparecían acompañados, pero nunca centrados. Que ciertas voces eran citadas, pero no desarrolladas. Que ciertas ideas parecían surgir y luego desaparecer sin dejar rastro.


Era como si alguien hubiera decidido, mucho antes de que ella naciera, qué podía permanecer y qué debía diluirse. Y esa decisión no había sido escrita en ninguna parte. Había sido asumida.

Un día —sin proponérselo del todo— imaginó otra posibilidad. No un mundo distinto. No era una revolución. No era una inversión de roles.


Era algo más sencillo. Una habitación.


El pensamiento le pareció, al principio, insignificante. Una habitación no cambia la historia. No altera las leyes. No redistribuye el poder. Durante unos segundos, la imagino cerrada. Luego abierta. Después, inexplicablemente, la imaginó esperándola. Pero a medida que lo sostenía, algo en esa idea comenzaba a expandirse.


Porque no se trataba solo de un espacio físico. Se trataba de un límite. De una frontera donde una voz podía comenzar sin ser interrumpida. De un lugar donde una frase no necesitara justificarse antes de existir. Entonces comprendió que aquello que le había sido negado no era únicamente el acceso. Era el tiempo.


El tiempo para pensar sin urgencia. El tiempo para equivocarse sin desaparecer. El tiempo para sostener una idea hasta que encontrara su forma. Ese descubrimiento no produjo alivio. Produjo incomodidad. Porque implicaba reconocer que el mundo que había aprendido a habitar no era neutro. Que estaba construido sobre decisiones que no se veían, pero que determinaban lo que era posible. Y, sin embargo, esa incomodidad tenía algo más. Una forma incipiente de claridad.


Comenzó a escribir.


La primera vez, creyó que las palabras no le pertenecían del todo, como si alguien más las hubiera dejado allí, esperando ser encontradas.  No con la intención de ser leída. No con la ambición de ocupar un lugar. Escribía para verificar si su voz podía sostenerse. Las primeras frases eran frágiles. Se interrumpían a sí mismas. Dudaban. Pero no desaparecían. Y eso —ese pequeño gesto de permanencia— empezó a modificar algo. No en el mundo exterior. No en las estructuras que seguían intactas. Sino en la manera en que ella se imbuía de ellas.


Ya no le bastaba con reconocer la ausencia. Necesitaba nombrarla. Y al nombrarla, algo inesperado ocurría. El vacío dejaba de ser un límite. O parecer un punto de partida. Y en ocasiones —muy pocas— sentía que ese vacío respondía, no con palabras, sino con una forma tenue de permanencia.


A veces pensaba en otras mujeres. No en las que había conocido, sino en aquellas que no habían dejado rastro. Las que no habían tenido tiempo, ni espacio, ni condiciones para escribir una sola línea. No las imaginaba como figuras trágicas. Las imaginaba como presencias suspendidas. Como si sus pensamientos hubieran existido, pero no hubieran encontrado un lugar donde permanecer.


Esa idea la inquietaba más que cualquier injusticia visible. Porque no se trataba de lo que había sido prohibido. Sino de lo que nunca había llegado a existir. Entonces comprendió que escribir no era solo un acto personal. Era una forma de continuidad. No corregía el pasado. No reparaba las ausencias. Pero impedía que se repitieran de la misma manera.


Una noche, al cerrar el cuaderno, tuvo una sensación extraña. No de triunfo. No de conclusión.

Sino de desplazamiento. Como si, al escribir, hubiera movido ligeramente el borde de algo que parecía fijo. No lo suficiente para cambiarlo todo.Pero sí lo suficiente para que ya no pudiera ser exactamente lo mismo. Mucho tiempo después —en otro lugar, en otra geografía— alguien hablaría de una mujer que dominaba la tierra sin necesidad de escribir una sola palabra.


Alguien podría pensar que esa mujer y ella pertenecían a mundos opuestos. Una imponía. La otra buscaba. Una ocupaba el centro. La otra intentaba alcanzarlo. Pero esa lectura sería incompleta.

Porque ambas estaban haciendo, en realidad, el mismo gesto. Intentaban permanecer. Solo que en condiciones distintas.

Y en ese intento —tan frágil, tan persistente— comenzaba a dibujarse algo que todavía no tenía nombre. No era poder. No era igualdad. No era dominio. Era otra cosa. Algo que aún no terminaba de escribirse.

 

 

 

  

III — La grieta común


No toda diferencia separa: algunas sostienen lo que aún no entendemos.


Karla no leyó ambos libros al mismo tiempo. De hecho, durante años creyó que no tenían nada que ver. Uno hablaba de una mujer que dominaba la tierra con una fuerza que parecía anterior a cualquier ley. El otro, de mujeres que apenas podían encontrar un espacio donde pensar sin ser interrumpidas. Los leyó en momentos distintos. En estados distintos. Como si cada uno respondiera a una pregunta diferente. Durante mucho tiempo no intentó compararlos.


Le parecía innecesario.


Era evidente —pensaba— que pertenecían a mundos opuestos. Una llanura. Una habitación.

Una mujer que imponía.Otras que buscaban. No había nada que unir. Pero la memoria —que no siempre obedece al orden en que leemos— comenzó a hacer su propio trabajo.


Años después, sin proponérselo, empezó a recordar fragmentos. No había escenas completas. Tampoco argumentos. Había detalles. La forma en que el silencio se extendía antes de que alguien obedeciera. La insistencia en que una mujer necesitaba tiempo para pensar. La sensación de que algo no se decidía.


Al principio creyó que eran recuerdos aislados.


Luego comenzó a notar que se respondían entre sí. No como opuestos. Como ecos.  A veces no sabía si recordaba o si ambas historias se corregían en su interior. La mujer de la llanura no pedía permiso. Pero su poder no era estable: debía afirmarse constantemente, como si en cualquier momento pudiera perderse. Las mujeres de la habitación no dominaban nada. Pero su falta de poder no era vacío: era una forma de presión acumulada, algo que comenzaba a buscar salida.


Karla empezó a sospechar que había estado leyendo mal. Como si hubiera leído dos veces el mismo libro, pero en idiomas que todavía no terminaban de traducirse. No porque hubiera entendido poco. Sino porque había separado lo que en realidad pertenecía a una misma pregunta.


Una tarde —sin buscarlo del todo— escribió una frase en un cuaderno: No se trata de quién domina y quién obedece.


La dejó allí, sin terminar. Días después volvió a ella. La corrigió.


Se trata de cómo el poder encuentra su forma.


Esa segunda frase le resultó más incómoda. Porque implicaba aceptar algo que no encajaba con ninguna de las dos lecturas iniciales. Que la mujer que dominaba la llanura no representaba la barbarie. Y que las mujeres que escribían en habitaciones no representaban la civilización.

O, al menos, no de la manera en que le habían enseñado a entender esas palabras. Había algo en ambas que escapaba a esa división. La mujer de la llanura no era libre. Su poder estaba hecho de la misma materia que la violencia que lo sostenía. Las mujeres de la habitación no eran débiles. Su aparente limitación contenía una forma de resistencia que aún no se había desplegado.


Entonces comprendió que la oposición no estaba donde parecía. No era entre dos mundos. Era dentro de cada uno. La barbarie no era la llanura. Era la forma en que el poder se imponía sin dejar espacio a otra voz. La civilización no era la habitación. Era la posibilidad —todavía frágil— de sostener una palabra sin borrarla.


Pero ninguna de las dos existía de manera pura.


Ambas se mezclaban. Ambas se contaminaban. Ambas se buscaban sin saberlo. Karla cerró el cuaderno. Durante un momento pensó que había llegado a una conclusión. Pero la sensación no era de cierre. Era de apertura. Como si hubiera encontrado una grieta que no separaba dos cosas, sino que las mantenía en tensión.


Volvió a recordar a la mujer de la llanura. Ya no la vio como una figura absoluta. La vio como alguien que había tenido que endurecerse para no desaparecer.


Recordó a las mujeres de la habitación. Ya no las vio como figuras contenidas.

Las vio como algo en proceso, como si su límite fuera también el comienzo de otra forma.


Entonces entendió algo que no estaba en ninguno de los libros. O tal vez sí, pero no de manera visible. Que el problema no era elegir entre dominar o carecer de poder. Si no encontrar una forma de existir que no dependiera de esa elección. No supo cómo nombrarlo.

No era igualdad. No era equilibrio. No era justicia, al menos no en el sentido habitual.

Era otra cosa.


Algo que apenas comenzaba a pensarse hace cien años y que todavía no terminaba de ocurrir.

Karla dejó el cuaderno abierto. No escribió nada más. Pero tuvo la impresión —leve, casi imperceptible— de que las dos historias que había leído en tiempos distintos habían estado ocurriendo al mismo tiempo.


Y que, en algún lugar entre la llanura y la habitación, seguían ocurriendo.  Tuvo una señal —breve, casi imposible de sostener— de que la llanura y la habitación no eran lugares distintos, sino dos formas de un mismo espacio que todavía no había sido nombrado.

 

Arizona 2026

 

 

 

 

 

 

 
 
 

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