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El concierto del poder

«El poder es un espejo que deforma.» — Octavio Paz

 

En un rincón improbable del siglo XXI, Javier Milei encendió la televisión y, al mirar a Trump, sonrió como quien ve reflejado su propio caos en otro espejo. “Trump es Gardel con guitarra eléctrica”, dijo después, con esa mezcla de ironía y fervor que lo vuelve a veces más predicador que político.


Y no era una frase al azar. En su mente, Gardel no era solo el hombre del tango sino la voz del mito: el argentino que venció a la muerte cantando. Trump, en cambio, era para él el espectáculo resucitado, la política convertida en riff, en amplificador, en estadio. Lo miraba como quien asiste a un concierto de sí mismo: el empresario que desafía al sistema, el ídolo que convierte los insultos en aplausos.


“Gardel cantaba Volver, y Trump canta Make America Great Again”, pensó Milei. Ambos himnos, en el fondo, son promesas de regreso: una nostalgia de lo imposible. El tango, con su elegancia melancólica; el rock, con su furia impúdica. Entre ambos extremos vibra la era del populismo mediático, esa en la que los micrófonos pesan más que los libros y el carisma se mide en decibelios.


En su delirio místico-económico, Milei imaginó a Gardel bajando de un escenario de neón, vestido con un traje blanco, y tendiéndole una guitarra. Trump la tomaba sin entender del todo, pero sabía que debía tocar, no hablar. El público rugía. El dinero caía como lluvia. Y el mundo, hipnotizado por el ruido, olvidaba que alguna vez la política se había escrito con argumentos.


Gardel, eléctrico, sonreía. Milei lo miraba como un discípulo tardío. Sabía que el truco no era la música sino el mito: convencer a la multitud de que el desorden tiene melodía. Trump lo había logrado. Y él, en su cruzada libertaria, quería lograrlo también: transformar la inflación en un solo de guitarra, los impuestos en acordes de rebeldía, el mercado en una religión sin dogmas pero con fe.


En ese instante, la frase cobró su verdadero sentido. “Trump es Gardel con guitarra eléctrica” no era un elogio ni una burla: era una confesión. Milei veía en él la resurrección del carisma como forma de poder, el artista que no gobierna pero hipnotiza, el hombre que convierte la retórica en ritmo y el caos en una canción pegajosa.


Y mientras el sonido se perdía en la estática de la televisión, Milei murmuró, casi con devoción:


—Al final, todos los ídolos desafinan… pero algunos logran que el público siga cantando.

 

— Luis José Mata

 
 
 

1 comentario


ING Luis JOSE MATA, muy interesante su escrito sobre el Poder !!!!!Pero yo me pregunto , esos casos del norte y el sur de America , como comparan con los verdaderos poderes ( tres ) que existen hoy en dia en el caribe y centro america ????Muy buenos dias !!!!

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