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Alberto, un médico de pueblo

Capítulo II de Rastro de los recuerdos

Durante el viaje por carretera desde Bonn hasta Mehlem Alberto revisó mentalmente todas las actividades de la semana futura, la cual empezaba para él, como siempre, el sábado por la mañana. Tenía en primer lugar que llamar a su asistente en el hospital, una joven de buena estatura y que siempre estaba sonriendo. Con ella recorrería, para hacer ejercicio, las principales calles de su pequeño pueblo.


Alberto trabajaba en su casa para que también se convirtiera en su consultorio, una vez finalizada las reformas. Él las hacía con sus propias manos, actuando como un albañil, en especial durante los fines de semana.

Telefoneó a Sabine el viernes en la noche y quedaron en encontrarse el sábado en la vereda que corre a lo largo del río Rhein, a unas dos cuadras de su casa. Sabine era una estudiante y ayudante muy eficiente y, también, muy hermosa. Se movía con gracia y trabajaba con gusto. Estuvo casada hasta hacía poco y ahora andaba en busca de una realidad diferente.


Decidieron caminar por aproximadamente una hora en la dirección aguas arriba del río para llegar hacia donde se había mudado el Restaurante el Toro Perdido, en Turmstrasse. Querían hablar con el dueño, nacido en Albania y casado con una argentina de la Patagonia. El restaurante estuvo una vez situado muy cerca de la actual casa de Alberto y él lo frecuentaba de cuando en cuando. ¿Por qué cambiarían de lugar el restaurante?, se preguntó Alberto.


—¿Cómo se llama la argentina? y ¿cuándo llegó ella a Mehlem? —le preguntó Sabine.


—Creo que le decían Silvina y, ¿cuándo llegó al pueblo...? Ni la más mínima idea —respondió Alberto.


Durante el camino de regreso vieron que el río comenzó a tener mucho menos caudal y ya se podían ver las rocas en sus laderas. El verano había sido muy intenso y trajo consigo un calor extremo. Sabine y Alberto se sentían bien y disfrutaban, en ese momento, del ambiente misterioso pero colorido de Mehlem.


—¿Cómo te sientes con tu duro trabajo, Alberto? Ojalá no sea demasiado para ti.


—Estoy bien… aunque un poco cansado, recuerda que también tengo que cuidar a los niños cuando mi esposa va a modelar a Colonia. Siempre luce ofensiva y amarga y, cuando está de lo mejor es bastante impulsiva, parece no estar bien con los niños a su alrededor. Sabine se rio y no disparó ningún comentario.


Se lamentaron por no haber podido hablar con Silvina, que había salido a conseguir la buena carne argentina que todavía cocinaban a la parrilla en el Toro Perdido; ni con su marido, que estaba muy ocupado en la cocina del restaurante, haciendo magia, para complacer con la mejor comida a todos los comensales.


Se detenían en la vereda a lo largo del río, de cuando en cuando, a fijarse en las antiguas y hermosas casas construídas después de la Primera Guerra Mundial. «¡Qué majestuosas son esas casas!», dijeron al unísono, mientras continuaron caminando hasta una esquina de la calle Siegfried, Desde allí, miraron hacia la montaña, donde después de la edad de hielo apareció un volcán y vieron a lo lejos las ruinas del Dragón. Alberto recordó que Wagner compuso una ópera basada en la historia de Siegfried.


—Mañana domingo podemos ir hasta allá arriba, ¿qué te parece Alberto?


Él sonrió y pensó que tenía que trabajar en la remodelación de la casa para tener por fin su consultorio. Pero le emocionó la sugerencia, así podría estar, una vez más, a solas con Sabine. Dijo: «Quizás sí y podríamos ir en bicicleta».

¿Qué estaría pensando Sabine? Ella era una joven tranquila, pacífica, suave y analítica, con deseos de especializarse en Psicología o Psiquiatría.


Regresaron a la casa de Alberto y se despidieron mirándose a los ojos y sonriendo con picardía. Sabine tomó su bicicleta y decidió ir de regreso a su casa en Bad Honnef por la vereda que va aguas abajo a lo largo del río. En la estación de Remagen lo cruzó tomando el pequeño barco transbordador. El recorrido desde el futuro consultorio de Alberto en Mehlem hasta su casa en Bad Honnef se extendía poco más o menos siete kilómetros y lo transitó en casi treinta y un minutos. Un poco más de tiempo que si lo hubiera hecho en la otra dirección, pero así podía ver desde el camino el paisaje y la comarca en la montaña donde se encontraba el hermoso castillo de Rolando, sitio que le sofisticaba sus pensamientos y desde donde, a lo lejos, se veía espectacularmente una pequeña isla donde, con el corazón roto, se había alojado en un convento la novia de Rolando, el sobrino de Carlomagno.


El domingo en la mañana, Sabine regresó a casa de Alberto en su bicicleta, esta vez con pantalones cortos bien apretados y una camisa bien pegada al pecho. En apenas veintiún minutos llegó a casa de él, había decidido tomar el camino más corto. Quería verlo y deseaba visitar los viñedos ubicados en el tope de la montaña, donde además de disfrutar de un lindo paseo, podía ver desde las ruinas del Dragón y el bello Mehlem a la orilla del río.


Tocó el timbre, Alberto había dormido bien y cuando despertó su primera imagen fue la de Sabine. Su esposa regresó en la madrugada, venía de Colonia después de haber disfrutado de una noche de modelaje de sus vestidos coquetos en un conocido sitio de baile. Ya Alberto empezaba a inquietarse por estas rutinas de su mujer y, decidió no trabajar ese domingo en la remodelación de su casa. Se alegró de oír el timbre porque estaba seguro de que era Sabine. Salió rápido a recibirla.


—Me alegro de verte Sabine. ¿Quieres ir al castillo del Dragón? Al Drachenfels, como dicen en Mehlem. Es un poco lejos, pero tú estás en buena forma y yo necesito hacer ejercicio. También podríamos subir en el funicular, si así lo prefieres.


—No, mejor vamos en la bicicleta, como quedamos ayer —dijo Sabine.


Durante el recorrido no hablaron mucho, ya que debían hacer un gran esfuerzo físico para llegar a la parte alta de la montaña, a una de las siete colinas que siempre estaba llena de árboles centenarios muy frondosos. Una vez allá, para reposar, se sentaron en el primer café que encontraron y Alberto, con algo de disimulo, inclusive antes de sentarse comenzó a fijarse en lo pegado de la camisa que vestía Sabine, insinuando sus delineados senos. Ordenaron un par de birras Gaffel que era la cerveza que más les gustaba a ambos.


—¿Qué tal están los niños y tu esposa? —preguntó Sabine.


—Ellos bien y ella regresó muy en la madrugada de Colonia, estaba modelando… creo… quizás estoy un poco celoso; soy liberal pero no tonto.

Sabine bajó sus hombros y así permitió que sus senos se vieran más expuestos. Caminaron hasta la baranda que impide el paso hacia la parte baja de la ladera que conduce al río Rhein. Desde allí veían claramente las calles de Mehlem, parques con árboles poblados de muchas hojas, un lugar muy cerca de la casa de Alberto cubierto de una grama muy verde y, un poco más a lo lejos, la antigua iglesia del pueblo.


Les atraía mucho la casa del pianista en la calle Ruediger, ya que cuando pasaban frente a ella oían claramente las composiciones de Beethoven.


Alberto le dijo a Sabine:


—Me gusta mucho la fantástica cafetería, cerca de mi casa, allí es donde llevo a los niños a deleitarse con las suculentas tortas, ¿te gustaría acompañarnos en algún momento? —le preguntó.


—¡Claro! —contestó ella—. Cuando quieras.


Llegaron en la tarde a Mehlem y se despidieron. Cuando Alberto fue a recoger el correo, se sorprendió y al mismo tiempo se emocionó al encontrar la carta enviada por Anabela. Después de leerla con interés, le telefoneó inmediatamente, diciéndole que iba a Venecia para un evento que era básicamente sobre la pobreza y cómo desarrollar ideas para una vida saludable, allá podrían hablar sobre los temas planteados en su carta. Ella se entusiasmó mucho y acordó encontrarse con él en Venecia.

Vista desde la casa de Alberto en Mehlem: Una de las siete colinas

 
 
 

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